Lo roto es bello

Lo roto es bello

Lo roto es bello

Lo que está roto es bello: Memoria perdida y decadencia en la obra de Ramon Llinas. Óleos y acrílicos, esculturas de barro, dibujos sobre papel y collages pegados como objets trouvés responden al imaginario de Ramon Llinas enraizado en el amor y el deseo paganos. El artista se basa en su experiencia como diseñador industrial, de interiores y de moda, trayendo al lienzo espaciosos monocromos, patrones de colores brillantes y la caligrafía oriental.

Él favorece el biomorfismo abstracto y el aura contemplativa de la imaginería asiática antes que retratar una realidad en conflicto. La guerra, la enfermedad, el sufrimiento, la alienación, la intolerancia religiosa y sexual se representan en la vida cotidiana. Cierta nostalgia por la rememoración de cosas pasadas también confiere una cualidad proustiana a la figura humana confinada para siempre en una prisión de tela metálica o enmarcada por una sarta de latas de cerveza rotas. Así, el sincretismo entre arte y literatura se preocupa principalmente por la supervivencia y la necesidad de libertad y respeto, independientemente del género, la raza o la orientación sexual.

Esta inclusividad de Lo Roto es Bello busca conectar la mezcla de recuerdos, ensoñaciones y experiencias transculturales del artista con la intuición para resolver sus propios conflictos de identidad y su angustia hacia un mundo hostil de simulacros controlados. De ahí que palabras como verdad, justicia, cultura, crecimiento, igualdad, dinero y codicia se conviertan en parte integral de pinturas e instalaciones. Y las figuras sin rostro representadas en muchos lienzos pasan a ser marcos abiertos, a la espera de las reminiscencias del espectador que los una con partes del pasado personal del artista en un todo más poderoso.

El uso crudo de los materiales da presencia y una energía orgánica a las obras, trascendiendo las fronteras culturales y disolviendo las nociones preconcebidas de identidad, en lo que Fredric Jameson ha denominado «el inconsciente político» al referirse a la alta cultura y la cultura de masas. En este sentido, el arte de Ramón Llinas rompe lo alto y lo bajo, favoreciendo la estética kitsch y aportando una sensibilidad camp a sus temas. No se trata de una visión desapegada del mundo sino de una lectura atenta del deterioro de los lazos humanos, que a su vez aumenta el aislamiento y añade valor sentimental a nuestra propia parafernalia de objetos, recuerdos y sueños compartidos. Agarrando un rostro sonriente, un cuenco con semillas o las ruinas de sí mismo, las representaciones del artista reflejan la belleza de lo roto, es decir, la esencia de lo perdido, reprimido o negado por un mundo cada vez más perturbado. sociedad violenta y fragmentada.

Para contrarrestar un futuro tan sombrío, Ramón Llinas adopta una visión lúdica y lúdica del mundo, al mismo tiempo que revalúa el papel del creador en la construcción de un universo más multifacético, justo y satisfactorio. Asimismo, su sensible sentido del ritmo y el movimiento desarrollado en sus anteriores quehaceres profesionales, y su revisión de lugares, personas, clientes, empresas y países visitados durante sus negocios en las décadas de 1980 y 1990, envuelven con un aire sofisticado los artefactos artísticos producidos en esta nueva versión de sus poderes creativos.

Enfrentando la división de la vida actual por los prejuicios y la saturación tecnológica, Ramon Llinas entrelaza inteligentemente en lo Roto es Bello los restos de nuestra civilización postindustrial en un nuevo tejido que es a la vez espiritualmente restaurador y políticamente radical. La ironía, el humor y la subversión son las guías elegidas por el artista en su afán por denunciar lo que anda mal en nuestros países. Testigo de estas inquietudes son también los órganos y miembros sexuales sobredimensionados retratados en acrílicos y esculturas, que atestiguan su deseo de fecundar y embarazar al otro en un era de reproducción digital carente del toque humano.

«Me gustaría que mis cuadros parecieran como si un ser humano hubiera pasado entre ellos, como un caracol, dejando un rastro de presencia humana y un rastro de memoria de eventos pasados, como el caracol deja su baba», comentó Francis Bacon hace más de medio siglo. Siendo el arte uno de los únicos medios rituales que nos quedan en la actualidad, es estimulante percibir cómo las obras de Ramon Llinas recuerdan una época en la que vivir y soñar dejaba una huella física de la carne en lugar de virtual. Y esto es en sí mismo un logro significativo en este tiempo de pérdida de memoria y decadencia.

 

Mr. Alejandro Varderi

The City University of New York

Mayo 2012

Ramon Llinas
info@ramonllinas.com
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